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Homenaje a Jorge Cruceta

Amatiño 2008/10/29 23:10
Fue cosa de hace casi cuarenta años cuando me tocó ir a un pueblo de Asturias, con ocasión de los funerales del padre de un amigo con el que había intimado durante el Servicio Militar. Dicen que la obligación de desfilar juntos y compartir guardias siempre fue origen de profundas amistades.

Hasta llegar al pueblo no sabía que el padre de mi amigo era conocido con el sobrenombre de el indiano, tanto por haber hecho las Américas en sus tiempos mozos como por aprovecharlas adecuadamente y haber vuelto con las alforjas bien llenas.  

Recuerdo que era a finales de noviembre, oscurecía a media tarde y que, cuando la comitiva funeraria abandonó la iglesia parroquial para dirigirse andando camino del cementerio --con el inmenso ataúd al hombro de los amigos del difunto--,  caía un persistente sirimiri que allí, creo recordar, llaman orvallo. Las mujeres todas de riguroso luto, los hombres con aquellas gabardinas de lana de antaño y, tras nosotros, una veintena larga de coronas a cual más grande y florida, a lo largo de un sendero empedrado y enmarcado por gigantescos arces aplatanados, orientados hacia un cielo tristón y plomizo.

Apenas llegamos frente al panteón familiar, e incluso antes de que el sacerdote que nos acompañaba terminara de pronunciar sus últimas palabras, el temporal arreció y el suave sirimiri pasó a mayores, descargando una granizada como pelotas de ping pong. La estampida general fue inmediata, mi amigo me dijo al oído que debía acompañar a su madre y, como si fuera la cosa más normal del mundo, me pidió que, por favor, me quedara para asegurar que aquello terminara como le hubiera gustado a su difunto padre.

Fue así como, de pronto, me encontré en el cementerio rural de un pequeño pueblo asturiano al que nunca antes que había llegado, lloviendo a mares, rodeado por todas partes de coronas encharcadas y abandonadas a su suerte, y ante la presencia de cuatro operarios municipales que me miraban expectantes, preguntándose sobre las razones que podrían explicar la presencia de aquel extraño en semejante momento. Con todo, convencidos de que no podían esperar ayuda alguna por mi parte, se volcaron a lo suyo.

Abrieron el portillo frontal del panteón y, para sorpresa de todos, el esplendoroso ataúd de caoba resultó inusualmente tan ancho que no pasaba. Ni cortos ni perezosos echaron mano del picachón y abrieron un boquete sobre el ventanuco tapiado al efecto, de modo que el cabezal de la caja mortuoria entró y se deslizó suavemente sobre su propia base. Pero, no tanto como cabía de esperar. Tan pronto como penetró el primer cuarto del féretro, el gran crucifijo de bronce fijado sobre el centro de la cubierta pegó contra el dintel superior de piedra, con lo que obligó a uno de los operarios a  desatornillar los cuatro tirafondos que fijaban la cruz a la cubierta de caoba.

No terminaron allí los problemas. Una vez introducido gran parte del féretro, como vieran que tocaba fondo sin que la caja terminara de entrar del todo, volvieron a sacarla, aserraron el frente del cabezal, hasta el punto que se intuía la ya acentuada calva del difunto, y volvieron a empujarla con saña hasta el fondo. Ni por esas, el extremo exterior de la imponente caja no terminada de desaparecer de la vista, con lo que esta vez recortaron la piecera, de forma y manera que asomaron los zapatos del hacendado indiano, recién estrenados para la ocasión como lo denunciaba el brillo incólume de sus medias suelas.

La tentación se hizo evidente. El operario más cercano al cierre me miró, como pidiendo permiso y, como viere que yo, totalmente superado por las circunstancias, me inhibía levantando los hombros, descalzó al difunto, metió el par de zapatos en una vieja bolsa de plástico azulón, como de basura, y se aprestó a cerrar con nuevos ladrillos y aquilatar el tabique resultante.

Al rato, como advirtieran que no me movía, una voz dijo. “Oiga, aquí ya no hay nada que hacer. Esto se ha terminado”. Me di media vuelta, traté de pasar sin pisar en exceso los miles de flores apuchurradas que alfombraban la calzada, y desaparecí.

Mi amigo falleció hace cinco años. Nunca se lo conté. ¿Para qué? Seguro que le hubiera producido tristeza y desazón. Tampoco tuve nunca ocasión de contárselo a Jorge Cruceta. Pero seguro que, de saberlo, Jorge hubiera sonreído un buen rato.

EIBAR Herriaren arima. Año 56 - Núm. 86 -

Jorge

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Jorge Cruceta Olañeta

2008ko abuztuaren 28an

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