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En favor de los empresarios

Amatiño 2013/08/08 23:20
El título habrá sorprendido a más de un lector. Incluso no faltará quien lo tome como provocación. Pero, tras quinientos años de tradición empresarial, a mí me sorprende la desmemoria de una sociedad que sublima al emprendedor pero minusvalora al empresario, que subraya la importancia del empleo pero denigra a quien lo genera. La estrategia del “todo vale” contra la imagen de los empresarios no sólo es injusta, sino que nos lleva a un suicidio colectivo como entorno económico, como país y como nación.
En favor de los empresarios

Joxe Mari Korta

Este periódico entrevistó hace días a Juan Pedro Gómez, vencedor de un bote de 1.674.000 euros en el concurso de Pasapalabra. Preguntado por el destino del premio, el ganador respondió: “No quiero hacer inversiones arriesgadas, ni invertir en un negocio. No es un buen momento”.

Es la respuesta que daríamos la mayoría de nosotros en parecidas circunstancias, pero me temo que no es sólo cuestión de buen o mal momento, sino, sobre todo, de tener o no vocación empresarial. Aún en el mejor momento, de resultar ganadores del premio, ¿cuántos de nosotros lo invertiríamos en la creación de una empresa y en la generación de nuevos puestos de trabajo?

Hay gente convencida de que los empresarios son personas nacidas en la abundancia, a quienes siempre les ha sobrado el dinero y que, a falta de mayor diversión, montan sus talleres sin mayores riesgos ni quebraderos de cabeza. Este convencimiento de que para ser empresario hay que tener mucho dinero, poca ética y nada que perder, actúa de autojustificación entre quienes nunca se plantearán si también ellos podrían invertir sus ahorros en la economía real y en la generación de puestos de trabajo. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría del empresariado vasco empezó poco menos que con lo puesto, endeudándose hasta el cuello, metiendo todas las horas habidas y por haber, y arriesgando sus bienes personales y familiares, cuando no sus propias vidas. Y todo esto, ni me lo han contado, ni viene en Wikipedia, pero lo he visto con mis propios ojos, en un radio de acción de 50 km. desde el portal de mi casa.

Por supuesto que no todo el mundo vale para ser empresario ni tiene la obligación de serlo. Pero, cuando menos, parece de justicia reconocer el mérito de quienes tomaron la iniciativa; de quienes, llevados por una vocación que los demás no creemos sentir, se atrevieron a afrontar uno de los mayores retos de la sociedad de mercado, que no es otro que la generación de puestos de trabajo. Se me ocurre que cuando menos sería exigible, al grueso de nuestra sociedad del bienestar, un cierto respeto para con los empresarios por parte de quienes nunca en su vida han generado un solo puesto de trabajo ni pretenden generarlo en el futuro.

También convendría recordar, aunque no falte quien lo considere frívolo, que las empresas sólo podrán mantenerse sin ganan dinero. Lo que nunca funcionará es que esperemos que sean otros los que constituyan las empresas, para que podamos trabajar en ellas los que consideramos que no estamos llamados a constituirlas, y cuando las cosas se tuerzan, nos creamos con derecho a que sea el propio emprendedor quien nos garantice a su costa el puesto de trabajo que nosotros no quisimos generar para nosotros mismos.

Tanto quien tenga un piso en propiedad como quien no lo tenga saben que los inmuebles valen hoy menos que en 2008. Asimismo, cualquier comerciante reconoce que las cifras de ventas no han hecho más que bajar en los últimos cinco años. Sin embargo, hay quien parece convencido de que su puesto de trabajo vale cada vez más, año tras año. Y que, además, su cotización en el mercado seguirá siempre al alza. No se termina de aceptar que, en última instancia, quien paga los salarios no es el empresario, sino el cliente. Y ya que no parecemos dispuestos considerar al empresario, no vendría mal que, por lo menos, fuéramos capaces de cuidar y mantener al cliente.

Me temo, sin embargo, que no corren vientos propicios en Euskadi. A fuerza de centrar el debate en la defensa a ultranza de supuestos derechos adquiridos, la empresa vasca está dejando de orientarse al cliente, perdiendo competitividad, despreocupando su atención y dejando de servir a tiempo. Es increíble que en un momento tan crítico se produzcan situaciones tan impresentables a los ojos de los clientes. Nadie parece querer percatarse de que estamos perdiendo cuota de mercado, que la oferta global es suficiente sin nuestro concurso, y que nadie se va a quedar esperando a que arreglemos nuestras diferencias internas.

No tengo duda de que, llegado a este punto, más de un lector considerará todo el hilo conductor de mi argumentación contrario a los legítimos derechos de los trabajadores. No seré yo quien se lo discuta. Pero, asimismo, si alguien cree que agobiando a las empresas, primero, sacándolas del mercado, después, y abocándolas al cierre, finalmente, está defendiendo los intereses de los trabajadores, lamento no poder coincidir.

No sé hasta cuándo puede durar esta situación. Quizá, en el mejor de los casos, apurando hasta el máximo, pueda durar lo que dure la vida laboral de los trabajadores actuales, pero no creo que por este camino vayamos a dejar un futuro prometedor para la siguiente generación. Llevados por el léxico medioambientalista en boga, se nos llena la boca de grandes términos como eficiencia, sostenibilidad, durabilidad, decrecimiento… Y, ¿si los pusiéramos en práctica empezando por nosotros mismos?

Salvo con una excepción, mantener la competitividad de nuestras empresas es imprescindible para cualquier objetivo. Tanto para mantener y generar nuevos puestos de trabajo como para seguir aportando a Hacienda y sostener, en la medida de lo posible, nuestros niveles de bienestar. Sólo hay un objetivo para el que no es necesario seguir siendo competitivos: para ser cada vez más pobres.

El Diario Vasco eta El Correo egunkarietan argitaratua, 2013.VIII.08

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