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Todos somos la mujer de Mozart

amat 2007/11/16 11:50

Aunque nos resulte ahora increíble, hace apenas 60 años, cuando la BBC reinició sus emisiones tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, se daba por hecho que la televisión no era un medio adecuado para ofrecer noticias. Se entendía la información como un género reservado a la prensa escrita y la radio, y los expertos en comunicación creían que el medio televisivo no tenía nada que ofrecer al respecto. Por aquel entonces los noticieros no valían dos perras gordas y la posibilidad de un canal informativo como la CNN (más de mil millones de espectadores) era del todo inimaginable.

Medio siglo largo más tarde, televisión e información van cada vez más unidas. Nadie cuestiona la importancia de la prensa escrita pero, a estas alturas, el gran cambio ya se ha producido: prácticamente no queda ningún lector de periódico sin televisor, mientras que son muchas las familias que satisfacen su demanda informativa con sólo televisión. Otra cosa es si se enteran realmente de algo.

Los noticieros de televisión se han convertido en un ritual sagrado de la comunicación, donde el presentador oficia la misa informativa y el feligrés asiste sin prestar mayor atención. Es como si lo importante no fuera participar sino cumplir con el precepto, y en la cita televisiva la cuestión no radica tanto en informarse, cuanto en sentirse informado.

Hace ahora veinticinco años, cuando se iniciaron los primeros informativos de televisión en euskera, se oyeron quejas en el sentido de que las personas mayores, euskaldunes de toda la vida, no terminaban de entender bien las noticias. La cosa se aclaró, o acaso se complicó más, cuando, realizadas las pruebas al respecto, se comprobó que las personas mayores tampoco entendían del todo los informativos en castellano. Para entonces, los americanos habían ya estudiado que, al término de un informativo de una veintena de eventos distintos, la mayoría de los telespectadores apenas era capaz de recordar con algún detalle más de siete u ocho noticias. Es algo que puede usted probar en su propia casa y, en cualquier caso, le reto a explicar ahora mismo cinco noticias del último informativo que vio usted anoche.

Es evidente que los informativos de televisión se ven más que se atienden. Y esto no es nuevo, ni estamos ante un efecto exclusivo de la televisión. Otro tanto ocurría, por ejemplo, en los conciertos que los grandes gurús de la música como Listz, Mozart o Shumann ofrecían en directo ante públicos muy reducidos y selectos. Con respecto a Listz, por ejemplo, las críticas de la época explican al detalle que el aliento mismo del genio se puede experimentar, pero no describir. Imaginad un ser delgado, estrecho de hombros, de cabellos caídos sobre el rostro y el cuello, un rostro extraordinariamente espiritual, movido, pálido, interesantísimo; unos ojos que traducen todas las expresiones... tendréis una idea de Listz. Pero cuando se sienta al piano pasa sus manos por sus cabellos primero, luego fija la mirada, su busto se tranquiliza y sólo la cabeza y la expresión del rostro indican los sentimientos que experimenta. Es imposible hacerse una idea de este juego: hay que haberlo visto. Es decir, todo un discurso que tiene más que ver con una descripción visual del artista que con la calidad musical del concierto. Es como si, en la información meteorológica, diéramos más importancia al “look” y gestos de Ana Urrutia o Andoni Aizpuru que al pronóstico del tiempo. En la misma línea, el propio Mozart se quejaba de la limitación intelectual de su mujer Constanza, quien --más que atender y disfrutar de la música-- miraba y “veía” complacida a su marido.

Un investigador serio como el psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera no tuvo reparo en definir todo esto como “efecto televisivo”, fruto de la cercanía entre intérprete y público, que fue perdiéndose a medida que los teatros fueron creciendo en dimensión y alejando a los espectadores del escenario. Lo cierto es que desde lo alto de un anfiteatro apenas le queda al espectador otra posibilidad que escuchar, porque ver, lo que se dice ver, como no sea con esos pequeños prismáticos concebidos precisamente para tal uso...

La cuestión es que la televisión ha conseguido ofrecer al sufrido espectador de “gallinero” un asiento en primera fila del palco de autoridades y volvemos así a revivir los tiempos dorados de Listz. La televisión nos acerca tanto al accidente de tráfico, al campo de batalla o a la alcoba de los famosos que nos pueden las imágenes y vemos más que oímos. Además, todo hay que decirlo, a lo mejor nos pasa a todos un poco lo que a la mujer de Mozart... Probablemente no tocaba el piano tan bien como su marido, pero seguro que le hubiera gustado la televisión.

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