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Irujo: el león navarro

amat 2006/01/19 11:21

El 25 aniversario del fallecimiento de un político de la talla de Manuel Irujo permite cuando menos tres reflexiones de distinto signo: la importancia del entorno familiar, el compromiso de toda una generación de políticos inigualables y el valor actual de su herencia ideológica.

Los docentes acostumbran a recordar que la educación de los jóvenes empieza veinte años antes de su nacimiento, subrayando con ello que la educación de los hijos tiene mucho que ver con la formación y disposición previa de los propios padres. En este sentido, el amueblamiento intelectual e ideológico de Manuel Irujo es un buen ejemplo del entorno que le vio nacer y crecer.

Baste recordar que Manuel Irujo fue hijo y nieto de personas comprometidas que fueron concejales de su pueblo natal, Lizarra/Estella. Hombres singulares, hasta el punto que el abuelo se negó a prestar juramento al rey y la Constitución y el padre fue el primer profesor laico de la Universidad de Deusto, además de abogado defensor de un joven en dificultades políticas como Sabino Arana. Tampoco es de pasar por alto que Manuel Irujo tuviera entre sus profesores a personajes como el filósofo Miguel Unamuno o el primer presidente de Euskaltzaindia, Resurrección María de Azkue. Con semejante entorno no es de extrañar que Irujo interviniera en el congreso fundacional de Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos, ni que se granjeara una gran popularidad como político a raíz de su encendida defensa de los intereses de los agricultores navarros.

Manuel Irujo mamó el compromiso político que aprendió de sus mayores. Forma parte de las Juventudes Vascas de EAJ-PNV y, con apenas 28 años, se estrena como Diputado Foral de Navarra. El alzamiento militar del general Franco le coge, en 1936, como Diputado a Cortes por Gipuzkoa y asume la dirección de la Junta de Defensa guipuzcoana que se constituye en favor de la República y en contra del ejército golpista. Ese mismo año, por indicación expresa de Juan Ajuriaguerra, acepta el cargo de Ministro de la República a cambio de la aprobación del Estatuto de Autonomía.

Caracterizado por su profundo humanismo y defensor a ultranza de la dignidad del hombre, se opuso en todo momento al cumplimiento de las penas de muerte y dos años más tarde cesó como Ministro de Justicia por su posición contraria a los fusilamientos, aún en tiempo de guerra. Cuarenta años después se mostraría opuesto “al diálogo de las pistolas” y no paró hasta conseguir la amnistía para todos los represaliados por la dictadura.

Manuel Irujo participa, junto con José Antonio Agirre, Jesús María Leizaola, Javier Landaburu y tanto otros, de una generación de oro del nacionalismo vasco. Gente intelectualmente bien preparada, posibilista, con dedicación personal a prueba de guerras, exilios y penurias vitales, visión de auténticos estadistas y vocación internacional con gran perspectiva de futuro. Cualquiera de ellos, y el propio Irujo por supuesto, hubiera podido justificar por sí mismo toda una generación.

El ideario político de Irujo tiene hoy plena vigencia en democracia, con altas cotas de bienestar económico y dentro de la Unión Europea, a pesar de haber sido formulado hace ya décadas, en tiempo de dictadura, autarquía y al margen de la comunidad europea.

De formación cristiana, liberal y republicana, gustaba de utilizar el término de “democracia social” . Fue en todo momento contrario a estrategias de “todo o nada” que, a su juicio, “suele ser la fórmula para no hacer nada” y preconizó con ardor la convivencia de identidades. Europeísta convencido, reivindicó la participación de Euskadi en el concierto europeo en tiempos en los que el Estado español vivía de espaldas a Europa y apenas nadie hablaba de esos temas.

Poco amigo de conformarse con abrir el frasco de las esencias, tenía una concepción pragmática de la política: “Yo soy de esos nacionalistas que no se satisfacen con gritar Gora Euzkadi Askatuta, sino que procuro además que viva de veras, que reafirme su riqueza, y que pueda pensar en resolver sus problemas internos de trabajo, de progreso social, con base económica fija. Lo de contigo `pan y cebolla` será muy romántico pero yo quiero imaginar la Patria, además de libre, rica, con independencia económica puesta al servicio de su independencia espiritual”.

La biógrafa de Irujo, Arantzazu Amezaga, recoge en su recopilación los detalles en los que se desarrollaron, ahora hace 25 años en Estella, la misa-funeral y entierro de aquel viejo luchador de 90 años. Sus familiares, amigos, jelkides y pueblo de Estella rindieron homenaje al viejo león navarro. Sin demérito de nadie y sin menospreciar el valor del ritual humano, religioso y político del momento, fue de destacar la presencia de un hombre muy viejo y menudo, sabio como pocos y nada habituado a significarse públicamente: Don José Miguel Barandiaran. Todo un símbolo.

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