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Recuerdos de hace 50 años

Amatiño 2015/09/08 00:10
En mayo de este año se ha cumplido el cincuenta aniversario de la organización, en 1965, de Lehen Umeen Euskal Jaia -- I Fiesta Vasca Infantil. Eran otros tiempos, otros contextos y otros criterios los que, al menos en apariencia, se daban por buenos. Desde entonces han pasado ya prácticamente dos generaciones, a las que quizá les cueste entender los cambios producidos.

Por aquel entonces, la Junta Directiva de la S.C.R. Arrate tenía canalizada su gestión a través de ocho comisiones de trabajo: Artes Plásticas, Biblioteca, Cine, Conferencias, Música, Filatelia, Teatro y Cultura Vasca. A los del área de Cultura Vasca nos llamaban, cariñosamente, “la Comisión del Txistu”, denominación que, sin desdeñar un punto de familiaridad, denotaba una cierta minusvaloración, muy propia de la época.

En buena lógica, cada una de las comisiones se dedicaba a la función que correspondía a su propia denominación. Pero la existencia de una comisión de Cultura Vasca sugería que todas las demás desarrollaban sus actividades en un espacio distinto del de “cultura vasca”. Es decir, los de la comisión de Biblioteca compraban libros en castellano y la programación de conferencias o teatro eran igualmente siempre en castellano. Dicho de otra forma, que había que dotarse de un fondo de libros en euskera… invitar al escritor Ramón Saizarbitoria… organizar un recital de Benito Lertxundi y Xabier Lete o poner en escena una obra de teatro en euskera? Pues para eso estaba la comisión, todoterreno, de Cultura Vasca.

Las demás comisiones parecían pertenecer a otro segmento de la sociedad y responder a las demandas de los eibarreses que, supuestamente, estaban exentos de relación alguna con el euskera. Y debe quedar claro que este reparto de funciones no se debía a una posición contraria a la causa, sino que era el criterio mayoritario en los sesenta, incluso entre los comprometidos activamente con la cultura, como era la bien intencionada dirección de la Cultural Arrate.

Recuerdo al respecto que, como fuere que en el seno de la comisión de Cultura Vasca no terminábamos de aglutinar un equipo de personas suficientemente preparadas para conformar un grupo de teatro en euskera, el director de la comisión de Teatro, de cuyo nombre sí me acuerdo, se me ofreció generosamente para dirigir rnuestro incipiente grupo. “Gracias, pero… si tú no sabes euskera!” –le dije. A lo que me contestó: “Para dirigir un grupo de teatro lo importante no es saber euskera, sino saber de teatro!”. Siempre lamenté no haberle preguntado si a alguien que no supiera castellano se le permitiría ser director de un grupo de teatro en castellano, pero, como digo, éran otros tiempos.

Con todo, no estoy muy convencido de que este criterio se haya superado del todo, cincuenta años más tarde. Todavía hay quien dice que para ser médico de Osakidetza lo importante no es saber euskera, sino saber de medicina. Por eso será que hay entre nosotros tantos médicos franceses, ingleses y alemanes que, aunque no saben castellano, se les contrata por lo mucho que saben de medicina.

Lo cierto es que tampoco el régimen franquista estaba por la labor. Recuerdo que, siendo Manuel Fraga Iribarne ministro de Información y Turismo, cada vez que organizábamos algún festival de canción en euskera, además de solicitar el permiso pertinente en la delegación de San Sebastián, había que acompañar traducción en castellano de todas y cada unas de las letras. Habitualmente era que yo quien se encargaba de hacer las traducciones y de presentarlas en Donosti, escritas a máquina, junto con la solicitud correspondiente, para lo que no había más remedio que ir y volver en tren. Seis-siete horas, entre una y otra cosa.

En una de aquellas ocasiones, como fuere que no presenté la traducción de una de las canciones, el funcionario me preguntó: “Y... ¿ésta? ¿Por qué no trae traducción?”. Un tanto cohibido (tenía yo 20 años) le respondí: “Bueno… es que es el ‘Padre Nuestro’ del Padre Madina…” Pero no pareció convencerle: “Mire, a mí no me dé explicaciones; Vd. me la trae traducida, y punto”. Y así fue. Vuelta a Eibar, escribir a máquina en una cuartilla con membrete de la S.C.R. Arrate el consabido ‘Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…’ y en la primera ocasión, de nuevo a Donosti, a por el sello de conformidad del funcionario, muy celoso de su importante labor como censor. Eran, sin duda, otros tiempos.

Tiempos sin duda distintos, pero que también tenían sus satisfacciones. Recuerdo que, a cuenta del Mayo del 68, organizamos unas conferencias sobre la Nueva Izquierda en Europa. Poco antes de las fechas anunciadas se me presentó en casa un adolescente (que luego lo conocimos todos como guitarra de un prestigioso conjunto músico-vocal) que, en la medida en que él no sabía euskera, me sugería la conveniencia de que las conferencias fueran en castellano, “porque se trata de un tema muy interesante”. Le agradecí tanto su halago como su buena intención divulgativa, pero le contesté que precisamente se trataba de eso, de ofrecer en euskera propuestas interesantes; que para nada se pretendía organizar en euskera programas aburridos para cubrir el expediente, aunque luego no interesaran a nadie. Y añadí: “Me parece que es la única forma de que a la gente le dé por aprender euskera”. No le gustó, me miró impotente y se fue.

Un par de años más tarde coincidí con él en la puerta de la “Kultu” y, tan pronto como lo reconocí, le saludé: “Hola, buenas tardes”. Y me contestó: “Arratsalde on”. Sin percatarme del cambio de tercio, continué: “¿Esperando a alguien?”. Y él también siguió, sin cambiar de carril, con una mueca de orgullo contenido: “Bai, lagun batzuekin geratu naiz, gero bilera daukagu-eta”. Fue entonces cuando caí del guindo. El chaval a quien años antes había medio reprendido por no saber euskera, lo había aprendido. Bingo!

Fueron, sin duda, otros tiempos. Y, desde luego, algunos los aprovecharon mejor que otros. Cincuenta años pueden dar para mucho.

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