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Euskera nuestro que estás en los cielos

Amatiño 2016/05/23 00:05
En 1643 se publicó en Burdeos “Gero”, obra ascética en euskera del navarro Pedro de Axular, en cuya introducción dirigida al lector, el propio autor decía textualmente: “Ceren anhitz moldez eta diferentequi minçatcen baitira euscal herrian, Naffarroa garayan, Naffarroa beherean, Çuberoan, Lappurdin, Bizcayan, Guipuzcoan, Alaba-herrian eta bertce anhitz leccutan”.

Es decir, en castellano batúa del siglo XXI: “Porque de muchas y diferentes maneras se habla el euskera en el país vasco: en la Alta Navarra, en la Baja Navarra, en Zuberoa, en Lapurdi, en Bizkaia, en Gipuzkoa, en Alava y en otros muchos lugares”.

Casi cinco siglos más tarde, el texto en cuestión nos muestra cuando menos una evidencia y alguna que otra incógnita. La evidencia es que, contra lo que algunos pretenden, el País Vasco que se nos ofrece en el mapa del tiempo de ETB no es un invento del nacionalismo, ni se le ocurrió a Sabino Arana una noche mágica de San Juan. No es ya solo que el erudito Axular resulte cronista de la extensión geográfica del País Vasco en tiempos del primer rey Borbón, Enrique III de Navarra y IV de Francia, sino que deja constancia explícita de los siete territorios históricos vascos con la misma e idéntica denominación que mantienen en la actualidad. Todo ello más de dos siglos antes de que el Gobierno español estableciera por real decreto la división territorial en provincias, inexistentes hasta 1833. Esto sí que fue un invento.

La presumible incógnita la encontramos cuando, tras la concreción de los siete territorios en los que se hablaba (y se sigue hablando) euskera con variaciones dialectales más o menos diversas, quien ya hace quinientos años se consideró tan francés como español por el mero hecho de ser navarro, apunta como de pasada, que el euskera se hablaba también “en otros muchos lugares”. Fueran muchos o pocos los lugares, la cuestión es: ¿en cuáles otros?

Alguna respuesta al respecto buscaba sin duda el príncipe Louis-Lucien Bonaparte, sobrino del emperador Napoleón I, quien, dedicado al estudio comparativo de las lenguas europeas, vino hasta cinco veces a Euskal Herria, entre 1856 y 1869, y realizó la primera clasificación dialectal del euskera, cuyos patrones se mantuvieron en vigor hasta 1998, fecha en la que fueron actualizados, precisamente por el eibarrés Koldo Zuazo. Sea como fuere, lo cierto es que cuando el docto Bonaparte inició su trabajo de campo en el valle del Roncal, preguntó a sus sorprendidos colaboradores si “más allá se hablaba también euskera”.

Por mucho que los roncaleses no terminaran de entenderle, el príncipe Bonaparte no andaba muy descaminado. Su olfato lingüístico le llevó a pensar que los valles oscenses de Oza, Zuriza o Ansó, con topónimos como Javierregaray, Gamueta, Ezcaurre o Acherito --e incluso más al éste, con Aspe, Izarbe, Cenarbe, Ayerbe o Sasabe--, estaban dando claras muestras de su pasado.

Hoy sabemos que hay documentos en los que, desde el siglo XIV hasta el XVI, se prohibió expresamente en la feria de Huesca “hacer mercadurías” (legalizar documentos de compra-venta) en euskera. Y, justo en el otro extremo, en Ojacastro-Ezcaray (Rioja), está documentado que los lugareños, aunque sujetos a la jurisdicción de Castilla, tenían en el siglo XIII el derecho de poder declarar ante los tribunales en euskera, lo que traía consigo la exigencia social de que el merino (juez) también lo supiera.

Varios cientos de años más tarde, el euskera vive una situación inédita. Por una parte, nunca antes en la historia hubo tantas personas que lo hablaran. Tampoco nunca antes hubo tantos como ahora, que realizan sus estudios en euskera y lo conocen profundamente. Pero siendo todo ello cierto, también es verdad que nunca la densidad de los que hablan con mayor frecuencia en euskera fue tan escasa, ni los llamados “breathing space” tan débiles, de forma que, si el vecino o compañero no sabe euskera, como yo ya sé castellano… ¿para qué incomodar a nadie o hacer mayor esfuerzo?

Hoy el euskera, con todas sus debilidades, está en todas partes. O quizá, dicho de otra forma, hoy el euskera está en todas partes, pero con todas sus debilidades. Hoy, cualquier fin de semana se oye hablar más euskera en Jaca o en Ezcaray que, por ejemplo, en Ermua. Con todas sus oportunidades y sus grandes amenazas.

Hoy, el euskera vive en una especie de limbo de los justos, donde aparentemente nadie parece estar en contra pero tampoco nadie se esfuerza gran cosa en mostrarse realmente a favor. Muchas parejas formadas por ex alumnos de ikastola o similar, hablan a sus hijos en euskera, pero se comunican entre ellos en castellano.

El euskera nuestro está como nunca en los cielos. No sé si cielo azul o, quizá, un tanto rosa. No se sabe si mañana escampará o arreciarán los chubascos. Lo único cierto es que el pronóstico no está decidido y que, haga frío o calor, sople el viento francés o el gallego, llueva, truene o despeje, los que más podemos incidir en el mapa del tiempo de mañana somos, por una vez, nosotros mismos.

EIBAR aldizkaria. Núm. 131. Mayo de 2016

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