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Banderas y emociones

Amatiño 2008/10/06 19:35
A cuenta de los Juegos Olímpicos, algunos observadores y conformadores de opinión parecen haberse sorprendido del relevante papel que “todavía” siguen desempeñando en la sociedad moderna símbolos tan poco “racionales” como las banderas y los himnos. Sin embargo, a otros nos puede sorprender que se sorprendan y, más aún, habría motivos para pensar que esa propuesta que se nos hace desde la supuesta intelectualidad para distanciarse de semejantes muestras de colorismo resulta un tanto afectada.

El origen de los himnos nos lleva al helenismo clásico y el de banderas, estandartes, pendones y demás enseñas se pierde en la más remota antigüedad. Por si fuera alguna duda, es evidente que su uso se extendió más en los grandes imperios y civilizaciones de China o Roma que entre los aborígenes de Tasmania o las tribus de África. En este sentido, minusvalorar la importancia de las banderas no es un alarde de conocimiento histórico, y reducirlas  a connotaciones tribales supone olvidar escenificaciones tan cercanas en el tiempo como el nazismo o el sovietismo, cuya principal característica no fue precisamente el ser pocos, incultos y ajenos a toda vocación universalista. Y es que, detrás de las banderas hay algo más que aldeanismos decimonónicos y sentimentalismos trasnochados. Detrás de toda bandera hay un pretendido poder que quiere reafirmarse.

La bandera, ante todo y sobre todo, simboliza  autoridad y posesión. La bandera ha sido y es instrumento que ha acompañado desde siempre a ejércitos y conquistadores. Al menos en primera instancia, no es el ciudadano libre el que espontáneamente preconiza la presencia de las banderas sino que es el propio Estado el que insiste en hacer uso de ellas. Detrás de una bandera será siempre más fácil encontrar un cuartel que un museo, antes un juzgado que un hospital. Todo enfrentamiento protocolario de banderas es siempre más un conflicto de poderes fácticos que de sentimientos encontrados y el acto final del servicio militar, la jura de bandera, era más un sometimiento al poder militar que una declaración de amor patriótico. Aquí y en Conchinchina. En este sentido, las banderas que no exigen jura pueden vanagloriarse de que sus seguidores, pocos o muchos, lo son al menos por decisión propia.

Cuando los Juegos Olímpicos se visten de colores no es porque los participantes lo hayan solicitado, y menos aún los espectadores, sino porque las organizaciones oficiales de los Estados que los promueven así lo han decidido previamente hasta los más mínimos detalles, desde el anagrama del chandal hasta el diseño de la camiseta elástica. También esta vez,  es más estricta aplicación del  principio de autoridad que afición desmedida a unos determinados colores.

Otra cosa es que, finalmente, la organización social que la humanidad se ha venido dando a sí misma durante largos milenios nos lleve a todos a admitir las reglas del juego de la llamada autoridad competente. Y ahí es donde surge inevitablemente, aunque no sea más que por eliminación, la elección de los colores considerados como propios o, cuando menos, más cercanos. Una elección que puede ir acompañada de mayores o menores muestras de efusión y emoción, y que, por mucho que digan los racionalizadores de turno, no tienen por qué ser ni ocultadas ni criticadas.

Es terapéuticamente saludable, socialmente recomendable  y políticamente deseable que los ciudadanos expresen libremente sus emociones. Durante décadas se coartaron justos sentimientos y legítimas emociones con el único objetivo de minusvalorar y despreciar --cuando no criminalizar-- otros sentimientos y emociones igualmente justos y legítimos. Es positivo que un historiador guipuzcoano como Juan Pablo Fusi Aizpurua, poco sospechoso de nacionalista vasco, reconozca en tono laudatorio “la emoción de España” que sentía Manuel Azaña, último presidente republicano español.

Al diablo con los racionalizadores a ultranza. El sentimiento banderizo, la emoción patriótica y el reconocimiento de pertenencia a una determinada colectividad son por lo menos tan racionales como el amor, la amistad o la afición a la música o a los toros, siempre que se haga en libertad y con respeto mutuo. Se dice que de gustos no hay nada escrito (no es cierto) pero, desde luego, de emociones se ha escrito mucho, demasiado, sobre todo cuando se trataba de limitar emociones ajenas. Ya va siendo hora de emocionarse a gusto, sin recetario, y sin que nadie venga diciendo por qué emocionarse por unas cosas es solidario y moderno, mientras que hacerlo por otras es tribal y antiguo.

Lo mejor que nos puede ocurrir a los que nos emocionamos por las pequeñas cosas de cercanías es que los de más allá también terminen confesando que son capaces de emocionarse por sus otras cosas, probablemente más grandes y más importantes que las nuestras. ¡Pero que se emocionen, coño!

 

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