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La bella Lola y el león de Amberes

amat 2007/09/04 15:29

El 30 de octubre de 1924, en la iglesia parroquial de San Andrés, la eibarresa Dolores Zuloaga Arrate se casó con un joven de Bilbao, oriundo de Llodio, llamado José María Belaustegigoitia Landaluze. La boda hubiera sido una más entre tantas, de no ser porque Lola era sobrina del pintor Ignacio Zuloaga y José Mari no otro que “Belauste”, el internacional del Athletic Club de Bilbao que, cuatro años antes, había marcado el gol que propició la medalla de plata de la selección española en los Juegos Olímpicos de Amberes. Ofició la ceremonia el párroco Eugenio Urroz, en la iglesia había más flores que nunca, los novios fueron aclamados a la salida al son del txistu y el tamboril, y el banquete nupcial se celebró en las instalaciones del Fomento Industrial. Todos los ecos de sociedad de la época destacan la belleza de la novia. Si la novia era toda una belleza, el novio no le iba a la zaga. Con 1,93 metros de altura y 95 kilos de peso, el morrosko de Llodio era un “dandi” que vestía a la ultima moda, sombrero incluido. De constitución atlética, además de ser uno de los mejores futbolistas de su tiempo y gran montañero, practicó con éxito el lanzamiento de palanca (modalidad vasca de jabalina de hierro), sirvió de modelo al escultor Higinio de Basterra e inspiró a pintores como Arteta y García Erguin.

El abuelo, Benigno Belaustegigoitia, aparece ya en el siglo XVIII como alumno de escritor Juan Pablo Ullibarri y el padre, Federico, de gran formación cultural y humanista, hablaba siete idiomas (euskera, español, francés, inglés, alemán, latín y griego). La madre, Dolores Landaluce, era monolingüe de Orduña y monárquica acérrima. Tuvieron catorce hijos, cinco chicas y nueve chicos (de estos, cinco futbolistas).

El noveno, José Mari Belaustegigoitia, fue cualquier cosa menos un chico estirado y “bon vivant”. Como ya lo habían demostrado sus antecesores, José Mari fue un hombre comprometido con su país y de profundas convicciones religiosas. En la línea de su hermano mayor, Federiko (compañero de Sabino Arana en Deusto, impulsor del euskera en Tierra Ayala, autor de dieciocho obras, académico correspondiente de Euskaltzaindia y miembro del Bizkai Buru Batzar del PNV), José Mari aprendió euskera en su adolescencia, mientras cursaba estudios de Derecho, y se implicó en la política nacionalista hasta el punto que terminó exiliado en México, donde falleció.

El amor se demuestra andando

Por su parte, la bella Lola era de los Zuloaga de Eibar de toda la vida. Hermana de don Fernando el médico, sobrina de Ignacio el pintor, nieta de Plácido el damasquinador y biznieta de Eusebio el arcabucero del Rey, que a su vez había aprendido de su padre, Blas, Armero Mayor de Su Majestad… El linaje armero de los Zuloaga mostraba una trayectoria secular de innovación y carácter emprendedor difícilmente superable.

Es un valor entendido dentro de los mentideros eibarreses que José Mari se enamoró de la bella Lola en el mismo instante en que la vio. Era un hombre entusiasmado de su esposa, convencido de que era la mujer más hermosa del mundo y enamorado de ella hasta el infinito. Y el amor, como el movimiento, se demuestra andando.

Según cuenta el periodista Alberto Bacigalupe (Belauste. El caballero de la furia. Bilbao, 2005 *), hacia 1926 Lola enfermó hasta límites preocupantes. José Mari no se conformó, como era entonces más o menos habitual, con hacer una promesa a la Virgen de Begoña si su mujer sanaba, sino que cumplió con lo prometido previamente a la curación.

La promesa no fue otra que ir descalzo desde Begoña hasta Lourdes, a través de los Pirineos. Dicho y hecho, nuestro ejemplar marido emprendió el trayecto acompañado de un amigo y la ayuda de un burro de carga. Como fuere que antes de que llegaran a la muga los pies de José Mari estaban ya destrozados y en llaga viva, no se le ocurrió otra cosa que acercarse a la iglesia más cercana donde solicitó al cura del lugar que le dispensara no de la promesa, sino del compromiso de cumplirla descalzo. Conseguido el oportuno permiso por parte del alucinado sacerdote, Belauste llegó a Lourdes con las botas puestas y se lo puso tan difícil a la amatxu de Begoña que Lola vivió casi cincuenta años más.

El león de Amberes

José Mari Belaustegigoitia apenas tenía 16 años cuando, en 1905, se inició en las filas del Athletic. Nunca pudo imaginar que le esperaban hitos realmente históricos. Compartió equipo con el legendario “Pichichi”; le tocó inaugurar tanto el mítico campo de San Mames como la que sería con el tiempo la tradicional camisola rojiblanca; consiguió seis campeonatos de Copa (no había competición de liga), así como la Copa de Alfonso XIII en propiedad; y formó parte de la primera selección olímpica española, además de meter el gol que posibilitó el pase de España a la final y la consecución de la medalla de plata de los Juegos Olímpicos de Amberes (1920).

El famoso gol lo metió Belauste a pase de su compañero del Athletic, Sabino Bilbao, en la eliminatoria contra Suecia. Cuenta la leyenda futbolera que el gol fue precedido por el grito “a mí Sabino, que los arrollo”, lo cual le mereció el título de león de Amberes, pero el propio Bilbao reconoció más tarde que Belauste tan sólo le dijo “Sabino, aurrera”. Algo quizá más cercano a la realidad pero insuficiente para enardecer a la afición española.

Precisamente la idea de “furia española” fue acuñada por la prensa a la vista del ardor y entrega del propio león Belauste en Amberes. Bien es verdad que el copy right se debe a los enviados especiales de la prensa italiana que, dado el color rojo de las camisolas, hablaron de “furia rossa”. Pero la prensa española lo tradujo a su mejor conveniencia, no se sabe si para subrayar el carácter español de los 11 jugadores (9 vascos y 2 catalanes) del equipo que capitaneaba el propio Belauste o para obviar las posibles connotaciones coloristas de su furia. Con todo, no deja de ser curioso que el supuesto representante de la “furia española” fuera el responsable de área deportiva de las juventudes nacionalistas y que, en cierta ocasión, había sido incluso encarcelado por haber participado en una manifestación de Llodio al grito de “fuera España” e indultado por Alfonso XIII, quien más tarde entregaría la Copa del Rey al propio Belauste, como capitán del Athletic.

La afición eibarresa

Lo que no es leyenda es la moda impuesta por José Mari de jugar al fútbol con pañuelo blanco sobre la cabeza, sujeto con cuatro nudos en otras tantas puntas. Una moda que se nos antoja ahora muy “paleta” y que al parecer él la utilizaba para defender su incipiente calva, pero que fue imitada por numerosos futbolistas de nivel internacional sin problemas de alopecia (entre ellos el baracaldés Jacinto Quincoces, infatigable compañero de nuestro Ciriaco Errasti en la línea defensiva del Real Madrid) y que alcanzó gran popularidad entre los aficionados de la época.

En cualquier caso, lo cierto es que Belauste fue uno de los máximos representantes de los años heroicos del Athletic. Primer miembro de la plantilla en llegar a jugar cien partidos, recibió la insignia de oro y brillantes de su club de toda la vida. Asimismo, fue el primer capitán de la selección española y distinguido con la Medalla al Merito de la Real Federación Española de Fútbol. Sus botas están expuestas en el museo del Athletic.

No falta quien considera que la tradicional afición eibarresa a los colores del Athletic se debe, además de razones de cercanía geográfica, a la presencia en Eibar del famoso Belauste con motivo de las visitas que Jose Mari y Lola hacía habitualmente a la familia de ella. Además, cualquiera que conozca los inicios del fútbol en Eibar sabe que la afición a este deporte llegó a nuestra ciudad directamente de Inglaterra, vía Bilbao. Son buena muestra de ello los términos utilizados en euskera eibarrés entre los nacidos a principios de siglo como foballa, kipa, baka y erreferia para designar a “foot-ball” (fútbol), “keeper” (portero), “back” (defensa) y “referee” (árbitro).

La pulsera de Esperanza

La guerra civil (1936-1939) truncó la vida de la familia Belaustegigoitia-Zuloaga. Jose Mari y Lola, junto con sus hijas Lorea Argia (1925), Miren Edurne (1930) y Amaia Nekane (1932), cerraron su casa de Llodio donde quedaban cuadros del tío Ignacio, y llegaron a México capital en otoño de 1937. Tras vivir con apreturas económicas, José Mari falleció en 1964, victima de un cáncer de pulmón, y Lola en 1973, por complicaciones derivadas de su diabetes. Los dos comparten tumba bajo un mismo epitafio: Goian bego.

Poco antes de su fallecimiento Belauste legó la insignia de oro y brillantes del Athletic a su sobrina de Durango, Jone Belaustegigoitia, y la medalla de plata de los Juegos Olímpicos la conservó durante años su cuñada Esperanza, hermana de Lola, engarzada en una pulsera. Hasta que un día falló el enganche y se perdió. Seguro que el artista joyero que la engarzó no era eibarrés. Y, menos aún, un Zuloaga. No todo el mundo es perfecto.

  • Mi agradecimiento por sus informaciones a Amaia Zuloaga, sobrina de Lola, y a Gentza Belaustegigoitia, sobrino de José Mari.
  • Colección "Bilbaínos recuperados". Publicación de Fundación Bilbao – III Milenium Fundazioa.
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