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El Palacio de Diputación de Eibar

amat 2007/06/28 12:05
Coincidiendo con la construcción, en Miramón (Donostia), de la sede oficial de las Juntas Generales de Gipuzkoa, la historiadora Mª Rosa Ayerbe y el arquitecto Javier Cenicacelaya son los autores de un libro* sobre la trayectoria histórica de las instituciones democráticas guipuzcoanas y su reflejo arquitectónico en las casas consistoriales de los 23 ayuntamientos en los que las Juntas Generales de Gipuzkoa acostumbraban a reunirse de forma itinerante.

Es sabido que en Bizkaia, por ejemplo, Gernika tuvo --y sigue teniendo-- una mayor relevancia histórica por constituirse su Casa de Juntas en sede oficial y permanente de las instituciones vizcaínas. Sin embargo, en Gipuzkoa ningún municipio destacó nunca especialmente por albergar a sus Juntas Generales, no en vano éstas tenían por costumbre, ya desde el siglo XV, convocar los plenos cada año en una población distinta.

El modelo vizcaíno, por así decirlo, fomentó el liderazgo histórico de Gernika, en detrimento de otras villas de Bizkaia e incluso del País Vasco, mientras que el sistema guipuzcoano promovió la construcción a lo largo y ancho de Gipuzkoa de infraestructuras concebidas para recibir la visita itinerante de sus Juntas Generales y responder al movimiento de personas e intendencia que todo aquel trajín suponía anualmente.

Uno de los ejemplos más claros es sin duda Zestoa, que incluso llegó a adecuar su arquitectura pública a las necesidades de los junteros, con la construcción en la Plaza Mayor de un conjunto monumental –merece una visita-- compuesto por la Casa Consistorial con su salón de plenos, la Casa Torre para hospedaje de los junteros, y la Casa de Toriles como palco de autoridades en los espectáculos taurinos. Todo ello con idea de dotarse de buenos equipamientos, conseguir que la villa se convirtiera en lugar idóneo para la celebración de las Juntas Generales y poder así competir frente a las ofertas de otros municipios.

El caso de Eibar es muy distinto, pero tiene también sus especificidades, no siempre bien entendidas en su momento por todos los eibarreses.

Eibar, en 1845

Aunque pueda ahora sorprendernos, las Juntas Generales de Gipuzkoa no se reunieron nunca en Eibar hasta mediados del siglo XIX. Eran tradicionalmente dieciocho las villas guipuzcoanas que desde el siglo XV venía siendo sede de las asambleas anuales. Concretamente, Arrasate, Azkoitia, Azpeitia, Bergara, Deba, Donostia, Elgoibar, Errenteria, Getaria, Hernani, Hondarribia, Mutriku, Ordizia, Segura, Tolosa, Zarautz, Zestoa y Zumaia. Y fue en 1845 cuando a las villas tradicionales se incorporaron Eibar, Irun, Oiartzun, Oñati y Zumarraga.

Es en este contexto, y coincidiendo con años de bonanza económica, cuando, en 1898, el ayuntamiento de Eibar encarga al arquitecto Ramón Cortázar el proyecto de una nueva casa consistorial. La elección de este arquitecto no fue baladí. Pocos años antes Cortázar había construido en San Sebastián el majestuoso edificio que ahora es sede del centro cultural Koldo Mitxelena, y el ayuntamiento eibarrés quería, en palabras de Javier Cenicacelaya, “un gran palacio municipal y lo quería formando un nuevo núcleo de centralidad” en la plaza de Untzaga.

El nuevo centro urbano

Es decir, no se trataba sólo de construir una nueva casa consistorial que respondiera a las necesidades municipales de Eibar, sino que se pretendía “una operación necesaria para conectar debidamente Isasi con el pueblo, hacer una gran plaza para todo tipo de usos y fijarlo todo con una monumental pieza de arquitectura exenta que preside sin ninguna competencia visual todo el nuevo espacio público”. De esta forma, el proyecto se diferenciaba del estilo convencional propio hasta entonces de los ayuntamientos y se acercaba más al modelo de un Palacio de Diputación.

Con todo, aquella apuesta dirigida a construir el ayuntamiento fuera de cuanto entonces se entendía como centro urbano suscitó gran polémica. Fueron muchos los que no entendían la razón última de construir el ayuntamiento fuera del pueblo, hasta el punto que llegaron a recogerse 600 firmas de otros tantos eibarreses manifiestamente contrarios al proyecto.

Sin embargo, según Cenicacelaya, “el resultado fue un éxito. Sirvió para soterrar el río Ego, regularizar la plaza, crear un nuevo centro y mostrar a los foráneos el aspecto de un municipio importante”.

Y hoy, casi 110 años más tarde, ¿se atrevería alguien a decir que el ayuntamiento no está en el centro del pueblo?

 *GIPUZKOAKO BATZAR NAGUSIEN EGOITZAK. Iraganari eta etorkizunari begira – SEDES DE LAS JUNTAS GENERALES DE GIPUZKOA. Perspectiva histórica y proyección futura.

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